sábado, 11 de septiembre de 2010

Amor a la carta

Hace unos meses atrás, una vieja amiga publicó en twitter que había estado haciendo unas galletas y le quedaron duras, como ya se ha vuelto costumbre entre nosotras aproveché para burlarme de ella, y entre burla y burla me entere que su bebé es alérgico al huevo, pero ama las galletas y mi amiga, había estado buscando recetas de galletas sin huevo para complacerlo, tarea nada sencilla.

Me encanta cocinar, lo disfruto, me relaja, me parece arte, alquimia, ver una cebolla caramelizar, perderme en el olor de un sofrito criollo (para que sea criollo debe tener ají dulce, como dijo alguna vez Sumito Estevez Venezuela huele a ají dulce), dejarme tentar por la cremosidad del chocolate cuando se derrite en baño de María, mmmm, se me hace agua la boca, se despiertan todos mis sentidos. Así que creo que nadie debe privarse de comer lo que le gusta.

Como soy súper metiche me dediqué a buscar recetas de galletas sin huevos, es lo que haría por mi hija, es lo que mamá hubiese hecho por mi, ese pensamiento me conecto con un recuerdo de mi infancia, mi mamá, con su pañuelito en la cabeza y su delantal, parada frente a su cocina, cantando, mientras yo sentada afuera, bien lejos de la candela, la observaba y le conversaba, a veces simplemente escuchaba como ella cantaba. Pensar en eso me trae nostalgia, porque es de lo primeros recuerdos que tengo, siempre estábamos ella y yo, porque mis hermanos estaban en el colegio.

Cuando ya tuve edad para ir y regresar sola del colegio, allí estaba ella, impregnado la casa con el olor de su comida, con el olor de su esmero y dedicación, de su consentidera, a mi bro y a mi no nos gustaba la pasta verde, pero al resto de los hermanos y a papá sí, y mi mamá hacia dos tipos de pastas, porque nada le costaba, y porque mucho amor le sobraba.

Al igual que el chef Gusteau en la película Ratatouille estoy de acuerdo con la afirmación de que cualquiera puede cocinar, yo le agregaría cualquiera que quiera servir a otro puede cocinar, los principales ingredientes son el amor y la disposición, lo demás esta en una receta. Del lado del comensal funcionan la sensación y la percepción, como se nota en la misma película cuando el critico Ego prueba el plato de Ratatouille, automáticamente se transporta a lo que ese sabor significa, recuerdo, cariño, amor de mamá. Todos tenemos historias similares a Ego, solo hay que buscar en los recuerdos de nuestra infancia, en los sabores de la adolescencia, en los gusto del adulto.

Todas las comidas memorables de mi vida estan asociadas con un momento especial, siempre hay una historia de consentimiento, una persona que exige y otra que esta dispuesta a servir. "Mamita, puedes hacerme una torta" y mi mamá interrumpia su siesta, para ir a hacer una torta rápida y sencilla, pero que aun hoy en día me sabe a gloria, aunque haya comido postres muy elaborado, ninguno es como esa torta, hecha por mamita una tarde de mi infancia.

Así que cuando pienso en Simón, el hijo de mi amiga, hecho un hombre, no sé si recuerde que las galletas de su mamá eran duras, creo que siempre recordará que comió muchas galletas, que junto a ella se divirtió mucho cocinando, porque a su mamá nada la detuvo, porque se esmeró, y no desistió en hacerlas, buscando una receta que lo complaciera. Ese olor y ese recuerdo lo llevará a su infancia, al lugar más seguro de su niñez, al amor de su mamá una tarde cualquiera.


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